El dolor como maestro y no como enemigo de la vida
El dolor como maestro y no como enemigo de la vida
. Nuestra cultura está basada en buscar el placer y evitar el dolor. A veces abusamos de los fármacos, vamos a la “solución” rápida, nos hipermedicamos, dañamos nuestro organismo y generamos nuevas dependencias a sustancias. Un fármaco, no va a proveerte de las habilidades necesarias y del crecimiento personal necesario para abordar futuras crisis.
Los problemas físicos muchas veces tienen solución, otras no. En algunos casos, la “solución rápida” es necesaria, en otros, no tanto. Por lo que podemos sentir la necesidad del fármaco en todo caso, o sufrir los efectos secundarios de la medicación, generando un mal peor del que adolecíamos.
¿Pero y los problemas psíquicos? ¿Los dolores del alma…? ¿Qué hacer con ellos? ¿Huir de ellos? ¿Luchar contra ellos? Esto no es lo más recomendable. No se puede huir de aquello que te acompaña porque forma parte de ti, de tu experiencia…
Evitarlos a toda costa, sin confrontarlos, sin aprender de ellos tampoco es algo muy recomendable. Ahora veremos por qué.
Síndrome de evitación experiencial y terapia de aceptación
Para enfrentarse al dolor podemos optar por la huida, por aquello que viene en denominarse “síndrome de evitación experiencial”. Caer en este síndrome implica que el problema se cronifique y le añadimas más tristeza, angustia, amargura o desazón.
Pero esto nos deja sin defensas, ¿no podemos hacer nada con él? Sí que podemos, y es verlo no como algo antinatural, ni como algo de lo que huir, sino como algo que forma parte natural de la vida.
Esta es, la otra forma de verlo, y es mirarlo a los ojos, sin hacer juicios de valor, observarlo tal cuál es, sin pensamientos, con atención plena. Sin hacer valoraciones del mismo, sin darle palabras, ni emociones, solo mirándolo y aprendiendo de él. Sin evitarlo, sin huir, desmontándolo poco a poco, sin controlarlo.
En definitiva, aprendiendo que el dolor es solo dolor, y que su alivio depende sencillamente de cómo nos enfrentamos a él, o bien cronoficándolo, o bien aceptándolo como forma inevitable de la vida. Ojo, aceptar no quiere decir resignarse. Es conocer su origen, comprenderlo y crecerse frente a él.
En resumen, para vencer el dolor no hay que huir de él sino aprender a afrontarlo. Y aunque en muchos casos es difícil, y aunque nos aterre; con el dolor también se puede aprender a vivir, a disfrutar del momento y de otras cosas buenas que nos da la vida. Cuando nos descentramos de él, sin rehuirlo, dándole su justo significado, incluso a veces, parece que duele menos.
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