¿A qué se deben nuestros problemas?
Si nos fijamos en ellos, veremos que tienen su origen en la
creencia de que somos entidades individuales, en la idea de que somos
individuos aislados, personas, entes.
Eso se produce en el niño hacia los dos años o dos años y medio, cuando empieza a
razonar. Antes, el niño vive simplemente en el estado natural, es decir, en
la mente primordial, en la mente natural.
Por ejemplo, si ponemos a un niño pequeño delante de un espejo y
le pintamos la cara de colores, no se dará cuenta de que es él. Verá la cara,
pero en esa primera fase del desarrollo, no se dará cuenta de que es él.
Claro que hay consciencia porque es consciente del reflejo que ve en el espejo y del aspecto, pero a esa edad no es consciente de sí mismo. No nos hacemos conscientes de nosotros mismos hasta, más o menos, los dos años y medio, al empezar a razonar. Cuando analicemos la mente, veréis cómo se produce eso.
Me sirvo de las palabras inteligencia-energía en lugar de términos como «Dios» o «espiritual» porque todo el mundo tiene sus propias creencias, su religión o su propio concepto de Dios y cuando intentan encajar lo que aquí decimos con sus conceptos, no siempre cuadra.
Todo depende de cómo sea el concepto. La inteligencia-energía
es lo que hace que este universo funcione, que las estrellas se mantengan en su
órbita, que la Tierra gire alrededor del Sol, que se produzcan las mareas, que
cambien las estaciones...
Todo esto conlleva la existencia de una inteligencia y el
movimiento de todas esas cosas conlleva energía. Esa
inteligencia-energía es la misma que hace que ahora mismo esté latiendo nuestro
corazón, que estemos respirando, que nos crezcan las uñas y el cabello, que se
vayan reemplazando las células del cuerpo y que se digiera la comida.
Y todo eso tiene lugar sin ningún esfuerzo. Ahí no existe ningún Yo que se plantee: “Tengo que digerir la comida”, “tengo que volver a respirar” o “que no se me olvide hacer que palpite el corazón”, sino que todo eso sucede de forma natural. A los dos años y medio, más o menos, es cuando se manifiesta en nosotros el pensamiento del Yo.
Fijaos en los pensamientos y veréis que son una forma sutil de las palabras. Las palabras son sonido. El sonido es vibración y la vibración no es más que energía en movimiento.
Fijaos en este cuerpo: se puede descomponer en los distintos
elementos que lo componen. La tierra compone la carne y los huesos. El aire que respiramos
aporta el chi o prana (energía). El
fuego es el calor del cuerpo que lo mantiene vivo. El agua: el cuerpo se
compone de un ochenta por ciento de agua. El espacio: entre las células y en
cualquier rincón del cuerpo hay un montón de espacio.
Por lo tanto, el cuerpo se compone de elementos que, a su vez,
pueden descomponerse en partículas subatómicas y, finalmente, en esa
inteligencia-energía pura.
Lo mismo sucede con esta silla que parece ser un mueble con solidez, pero que podemos descomponer en partículas subatómicas que orbitan a una velocidad pasmosa. Por lo tanto, en esencia, todo se compone de inteligencia-energía.
Fijaos en los pensamientos y en cómo funcionan. Siempre se mueven entre pares de opuestos. Bien tienen que ver con el pasado, que es la memoria, o con el futuro, que es la anticipación o imaginación y, dentro de ese abanico, funcionan constantemente entre pares de opuestos: bueno, malo; agradable, desagradable; feliz, infeliz; amor, odio; positivo, negativo. Todo depende del punto de referencia, que es esa imagen que tenemos de nosotros mismos.
Cuando brota en nosotros el pensamiento del Yo, surge automáticamente su opuesto, que es “lo que no es Yo” o “lo que Yo no soy”. Si existe algo sobre lo que pensemos que yo no soy, entonces nos sentimos distintos y decimos:
“Yo no soy eso” y se produce una sensación de estar separados que se traduce en inseguridad y vulnerabilidad; a partir de ese momento, intentamos sentirnos seguros y menos vulnerables porque con esa sensación de separación de los demás surge la inseguridad y la vulnerabilidad.
A partir de ese momento, intentaremos constantemente sentirnos seguros y menos vulnerables y ahí es cuando empieza realmente la búsqueda, aunque en esa fase no la llamemos «espiritual» porque consiste en adquirir cosas, en alcanzar plenitud, en sentirnos seguros y menos vulnerables
Estamos condicionados a buscar “ahí fuera” y, para empezar, lo primero que buscamos de niños es una familia que nos aporte cariño, un hogar en el que nos sintamos mucho más seguros y menos vulnerables. Las familias se agrupan en tribus.
Antiguamente se llamaban tribus. Cuanto mayor y más fuerte sea
mi tribu, más seguro me sentiré y menos vulnerable seré. Hoy en día, las tribus
forman naciones y luchan contra otras naciones a causa de esa sensación de
inseguridad y vulnerabilidad.
Interlocutor: ¿Podrías
explicar brevemente en qué consisten tus enseñanzas?
Bob: Intento poner de relieve lo que nos
explican las antiguas tradiciones. Por ejemplo, en el Advaita, que es la rama de la filosofía hindú que trata
sobre la no-dualidad, se dice que es precisamente eso: no dual, una unicidad
sin par.
Pero hay otras grandes tradiciones que también hablan de la
ausencia de dualidad. Por ejemplo, en el budismo dzogchen,
dicen que Eso es “una
presencia-consciencia no conceptual que brilla con luz propia, en constante
renovación”.
Pero también el cristianismo y muchas otras tradiciones
hablan de Lo Supremo o de Dios en términos de omnipresencia, omnipotencia y
omnisciencia; es decir, presencia absoluta, potencia absoluta y saber
absoluto.
En mi opinión, eso demuestra que solo existe Eso; que todo es, por utilizar un término conocido, Dios o espíritu. Personalmente prefiero utilizar el término “inteligencia-energía”. Eso es lo único que existe y nada más.
INTERLOCUTOR: En la corriente de la no dualidad del mundo del yoga se suele decir que, para poder recibir estas enseñanzas, primero hay que purificar el cuerpo y la mente porque, de lo contrario, no pasarán de ser unos conocimientos a nivel intelectual.
Bob: Pues repito lo que acabo de decir. Todo es unicidad y la mente y el cuerpo también lo son. Lo único que se necesita es indagar sobre ellos y ver que no son más que esa única esencia o ese único sabor. Por tanto, en realidad no hay nada que se tenga que purificar. ¡No hace falta purificar nada porque todo es puro de por sí!
Fuente: Sailor Bob Adamson, presencia consciencia -
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