EL ARTE
CONTEMPLATIVO
Preguntémonos ahora por la esencia última del
arte. Es fácil reconocer, cuando contemplamos, por ejemplo, un Van Gogh, que el arte verdadero
tiene la capacidad de suspender el aliento del espectador.
Cuando el verdadero arte impacta en nosotros
―o mejor dicho, penetra en nuestro ser― nos conmociona tal vez durante un
segundo o dos y nos abre a percepciones anteriormente desconocidas.
En ocasiones, obviamente, las cosas son mucho
más tranquilas y la obra de arte va impregnando lentamente todos nuestros
poros, pero el hecho es que, en cualquiera de los casos, termina provocando un
cambio, más grande o más pequeño, en nosotros.
Cuando contemplamos un objeto hermoso (natural o artístico),
toda nuestra actividad queda en suspenso y simplemente estamos atentos, sólo
queremos contemplar el objeto.
Y mientras perdure ese estado contemplativo,
no queremos nada del objeto, sólo queremos contemplarlo y que ese estado
perdure; no queremos comérnoslo, apropiárnoslo, escapar de él ni modificarlo
sino sólo contemplarlo, permanecer en su presencia.
En la conciencia contemplativa desaparece
momentáneamente nuestro aferramiento egoico al tiempo y nos relajamos en
nuestra conciencia esencial,
descansamos en el mundo tal cual es, no tal como desearíamos que fuese.
Cuando nuestro ojo descansa en el centro del
ciclón contemplamos directamente el rostro de la quietud. En tal
caso no hacemos nada por cambiar las cosas, sino que sólo contemplamos el
objeto tal cual es.
Éste es el extraordinario poder que tiene la
obra de arte, atrapar nuestra atención y dejarla en suspenso, el poder de
contemplar ―en ocasiones admirados y en otras en silencio― pero siempre
ajenos al desasosiego que caracteriza nuestra vigilia.
Poco importa, en este sentido, el contenido concreto de la obra. Porque la auténtica
obra de arte nos atrapa ―incluso contra nuestra voluntad― y nos deja absortos y en
silencio, liberados del deseo, ajenos a todo intento de apresar, libres del ego
y libres de toda contracción sobre nosotros mismos.
Y en esa apertura o claro de nuestra
conciencia pueden aflorar verdades más elevadas, revelaciones más sutiles y conexiones más profundas
hasta llegar tal vez, por un momento, a palpar incluso la eternidad.
¿Es posible acaso decir el tiempo que hemos
permanecido suspendidos en la apertura que la gran obra de arte desencadena en
nuestra conciencia?
Lo único que usted desea es contemplar, que
ese estado no tenga fin, olvidándose del pasado y del futuro, de usted mismo y
de su propio nombre.
El noble Emerson dijo: "Las
rosas que hay bajo mi ventana no se refieren a rosas anteriores o a rosas más
hermosas; son lo que son y existen con Dios hoy. Para ellas el tiempo no
existe, lo único que existe es la rosa, perfecta en cada momento de su
existencia.
Pero el hombre pospone o recuerda, no vive en
el presente, sino que se lamenta del pasado o, desatento a los milagros que le
rodean, se pone de puntillas para tratar de atisbar el futuro. No
es posible ser feliz y fuerte hasta que moremos con la naturaleza en el
presente, más allá del tiempo".
El gran arte suspende ese movimiento ―que nos
lleva a lamentarnos por el pasado y a anticipar el futuro― y nos abisma en el
presente eterno, permitiéndonos estar con Dios hoy mismo, perfectos a nuestro
modo, abiertos a la opulencia y beatitud de un reino que nuestra época ha
olvidado.
Pero que el gran arte nos recuerda no tanto
por su contenido como por sus efectos, suspendiendo el deseo de estar en
otra parte.
De este modo se desata el nudo de
agitación que alienta en el corazón del yo sufriente y nos liberamos ―por
un segundo, por un minuto o por toda la eternidad― de la contracción que nos
mantiene encerrados en nosotros mismos.
Ése es exactamente el estado que nos provoca el gran arte, sin
importar, en modo alguno cuál sea su contenido (insectos, budas, paisajes o
abstracciones).
Desde esta perspectiva ―desde este contexto―
el gran arte puede ser juzgado por su capacidad para suspender nuestro aliento,
diluir nuestro yo y sustraemos, simultáneamente, del flujo del tiempo.
Y sea cual fuere el significado de la palabra
"espíritu" ―coincidamos, por ejemplo, con Tillich, en que tiene que
ver con aquello que moviliza nuestro interés último―, en el asombroso
instante en que el gran arte penetra en usted y le transforma, el Espíritu
resplandece en este mundo con mayor intensidad.
¿Sería
acaso posible que pudiéramos contemplar al universo entero como la más hermosa y delicada obra de arte?
¿Sería posible contemplar, en este mismo instante, cada cosa y
cada evento ―sin excepción alguna― como un objeto intrínsecamente bello?
Porque esa visión nos dejaría momentáneamente
petrificados, toda nuestra ansiedad por escapar o por apresar algo quedaría
provisionalmente en suspenso, nos libraríamos de la contracción sobre nosotros
mismos y moraríamos en la contemplación sin elección de todo lo que es.
Al igual que la obra del arte o el objeto hermoso suspende
momentáneamente nuestra voluntad,
la contemplación del universo como el más bello de los objetos
nos abriría a la conciencia sin elección de lo que es, no de lo que debería ―o
podría― ser.
Porque ¿no es, acaso, posible que cuando percibimos la
belleza de todas las cosas, sin excepción alguna, nos hallemos realmente en el
ojo del espíritu y que el Kosmos entero, tal cual es, sea una manifestación de
la belleza?
¿No es, acaso, posible que el Kosmos sea, de hecho, la más
resplandeciente obra de arte del Espíritu?
Desde esta extraordinaria perspectiva, el Kosmos entero es la
obra de arte de la radiante creatividad de nuestro YO SUPERIOR (DIOS) porque, cuando
lo contemplamos desde el ojo del Espíritu, cualquier objeto del universo se
convierte, de hecho, en una manifestación radiante de la belleza.
Y viceversa. Porque, en el caso de que
pudiéramos, aquí mismo, en este mismo instante, mirar cada cosa y cada evento
del universo entero corno un objeto resplandecientemente hermoso, nos
liberaríamos de nuestro ego y sólo perduraría el Espíritu.
En tal caso sólo querríamos contemplar la
incesante belleza y perfección del Kosmos. No desearíamos, entonces, escapar del
universo, apropiárnoslo ni modificarlo en modo alguno.
Porque, en ese estado contemplativo,
desaparecerían todo temor, toda esperanza y todo movimiento; en ese instante, sólo
desearíamos contemplar y testimoniarlo todo; en ese instante, nos
habríamos liberado radicalmente del deseo, de la codicia, de todo movimiento.
En ese instante, moraríamos en el
centro de la conciencia pura y transparente y todo nuestro ser se hallaría
impregnado de la belleza última de todo lo que emana.
Ni la más pequeña mota de polvo está excluida
de esta belleza;
ningún objeto ―sin importar cuan "feo", "terrible" o
"doloroso" sea― es ajeno al amoroso abrazo de la contemplación.
Porque todas y cada una de las cosas expresan
por igual y por toda la eternidad la resplandeciente transparencia del
Espíritu.
Cuando usted percibe la belleza primordial de
cualquier cosa del universo, está percibiendo la gloria del Kosmos en el ojo
del Espíritu, el yo del Espíritu, el yo-yo radical del universo entero.
Cuando usted se halla en el ojo del Espíritu,
la belleza resplandece en todo objeto. Cuando las puertas de la
percepción están limpias, el Kosmos entero es el amado perdido y reencontrado,
el rostro original de la belleza primordial, ahora, y también ahora,
interminablemente ahora
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