La idea “yo soy
el cuerpo”
“Yo soy el universo total. Cuando soy el
universo total, no estoy en necesidad de nada, debido a que yo soy
todo. Pero me aferré a una cosa pequeña, a un cuerpo; hice de mi mismo
un fragmento y devine necesitado. Como un cuerpo, yo necesito
muchas cosas.
En la ausencia de un cuerpo, ¿existe o existía usted? ¿Es y era usted, o no?
Alcance este estado que es y que era antes del cuerpo. Su verdadera naturaleza
es abierta y libre, pero usted la encubre, y le da diversos modelos”.
- Nisargadatta Maharaj
Sin
duda la identificación con el cuerpo es uno de los mayores obstáculos que hay
que superar para romper con la ilusión de quién creemos ser.
El
“yo soy”, que ha aparecido espontáneamente, se ha tomado a sí mismo como el
cuerpo. Algo irreal se ha identificado con algo también irreal. Ambos,
“yosoidad” y cuerpo, están llamados a desaparecer, sus días están contados. Son
por tanto irreales.
El primer paso para deshacer el entuerto es impedir que esta
“yosoidad” se identifique con el cuerpo. Para ello, debemos amarrar al “yo soy”, tenerlo bien
sujeto para que no se extravíe y se vaya por las ramas, identificándose con
aquello que no es.
Por
eso es por lo que debemos morar en la “yosoidad”, de manera que no se extravíe
y se identifique con el cuerpo. El “yo soy” es lo que es, la sensación de existencia, la
sensación de ser.
Si
hay una idea que hay que desterrar desde el principio es la idea de que somos
el cuerpo. La idea misma de identificarnos con nuestro cuerpo físico nos
mantendrá sumidos en la ignorancia de lo que en realidad somos.
La persona es un concepto, es irreal
Hay
un aspecto estrechamente relacionado con esta idea, y es la sensación que
tenemos de que somos nosotros los “hacedores”, es decir, nos consideramos a nosotros mismos como
los protagonistas de todas las acciones realizadas a través del cuerpo: yo
conduzco, yo leo, yo escribo, yo camino, yo hablo.
Nisargadatta Maharaj alertaba constantemente sobre este punto, afirmando con
rotundidad que nosotros no somos los hacedores de las acciones, éstas ocurren
espontáneamente, y nada de lo que haga el cuerpo es responsabilidad de una
persona.
Iba
aún más allá: no
existe ninguna entidad a la que podamos llamar persona, la persona es una
entidad irreal. ¿Qué es la persona? ¿Cómo se define? No
hay nada como tal. La sola definición de esta palabra en cualquier diccionario
resulta ridícula.
Si
el “yo soy” es irreal, todo lo que procede de él también lo es. Sin “yo soy” no
hay mundo (¿quién
estaría ahí para decir que hay un mundo si no está presente la sensación de
ser?), y sin mundo no hay cuerpo ni, por tanto,
esa entidad llamada “persona”. La persona es un concepto, y como todos los conceptos,
es irreal. Lo mismo es aplicable a la identificación con la mente, un espejismo
al que otro Gurú superlativo,
Ramana Maharshi, definía como un paquete de pensamientos, nada
más. Cuerpo, mente, persona, individualidad, “yosoidad”... la suma de todos
ellos es cero. Son ilusiones.
A
efectos de la vida práctica a través del cuerpo son realizadas infinidad de
acciones, pero no hay ningún protagonista detrás. Nos creemos el protagonista
de lo que hace el cuerpo, de los pensamientos que surgen en lo que llamamos
“mente”, pero
en
el mundo manifiesto todo surge espontáneamente.
El cuerpo es el vehículo del “yo soy”, sin cuerpo no hay
“yosoidad”, pues ésta necesita una forma para manifestarse. Con la muerte del cuerpo se va la “yosoidad”, la sensación de estar
vivo desaparece, pero a lo Absoluto eso no le afecta en nada.
Lo Absoluto es siempre, ya estaba antes de que se formase el
cuerpo, ya estaba antes
de que apareciese la consciencia, la sensación de ser.
Todo
lo que surja en el mundo manifiesto es engaño, es sueño, es una gran estafa.
Volviendo
a Ramana Maharshi, a menudo ilustraba sus enseñanzas, en la misma línea que las
de Nisargadatta, con comparaciones acertadísimas.
Hablaba,
por ejemplo, de la pantalla de un cine. Comparaba a lo Absoluto con la
pantalla. En ella se puede estar representando cualquier escena de una
película, puede haber un incendio, puede estar lloviendo, etc, pero la pantalla
ni se quema ni se moja.
Además,
la pantalla estaba ahí antes del comienzo de la película, y sigue ahí tras la
finalización de la misma. La
película sería nuestra vida, el mundo manifiesto, y nada de lo que ocurre en
ella puede afectar a lo Eterno.
Permanecer en el "yo soy"
El
método que aconsejaba el maestro Nisargadatta era morar en la eseidad, en la
sensación de ser. Permanecer firmes ahí, ser uno con esa “yosoidad” y, en caso
de extraviarse prestando atención a otras sensaciones o experiencias, volver
cuanto antes ahí, a la sensación “yo soy”. “Esa ―decía― es la verdadera meditación”.
La
práctica devendrá más sencilla cuanto más se practique, llegando a un punto en
el que ya no se requerirá esfuerzo alguno para permanecer en esa sensación.
Llegará
el momento en que esa “yosoidad” será trascendida, y ya no tendremos duda de lo
que somos realmente: habremos conocido nuestra Realidad Última, lo Eterno.
Justo
en el momento en que nos despertamos, lo primero que aparece es esa sensación
de ser, pura, inafectada, sin que todavía se haya identificado con nada.
Es
importante fijarse en eso. A los pocos segundos esa “yosoidad” ya se ha
disfrazado, ya ha asumido que ella es el cuerpo, y así comienza el día para una
persona común.
Retroceder
a la pura sensación de ser va a suponer la diferencia entre quien estará más
allá de lo mundano, y una persona común.
Hay
otros instantes que merecen ser observados, como la transición entre el
estado de vigilia y el estado de sueño profundo, ese momento en el que estamos
a punto de dormirnos y la “yosoidad” está extinguiéndose poco a poco.
Es
un momento idéntico al de la muerte del cuerpo, y Nisargadatta aconsejaba que antes de dormirse uno tenía que
afirmarse a sí mismo: “Yo
soy innacido”, y alcanzar esa profunda convicción.
Por
supuesto que también en el estado de vigilia es recomendable afirmarse en esta
idea. Pero no son los únicos momentos del día a los que hay que prestar
atención. Cualquier instante es el idóneo para permanecer en la sensación de
ser. Cuando se haya dominado con maestría esta práctica uno verá que los
acontecimientos de la vida diaria discurren espontáneamente.
La
idea que tenemos de ser nosotros quienes estamos haciendo algo desaparece, el
sentido de ser el hacedor se revela como falso. Solo la consciencia está implicada en las acciones, no hay
ninguna persona haciendo nada, aparte de la consciencia.
Permanecer
en la sensación de ser va borrando ese sentido erróneo de ser una persona, la vida ya no pesa, ya no infunde miedo, puede seguir habiendo
dolor pero uno se sabe más allá del dolor, y sin ninguna relación con él.
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